El golpe de estado del 23 de febrero de 1981 fue mucho más que un intento de acabar con la democracia. A través del análisis de la intentona golpista, se observa cómo fue un movimiento orquestado por numerosos personajes de gran influencia en nuestro país que tenían diversos objetivos que confluyeron en la consideración de que la toma del Congreso era la única vía de acabar con un país que se encontraba en una profunda crisis; crisis no sólo económica si no institucional de la que se culpaba al entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, personaje clave de la transición que se caracterizó por el impulso democrático que daría al país yendo de “la ley hasta la Ley a través de la ley” .
Así, tanto los propios integrantes de su partido, como el PSOE (que en esos momentos empezaba a resurgir), la Iglesia y los partidarios del franquismo “promoverían” la remoción del Presidente a través de un mecanismo antidemocrático. Paradójico que aquellos que más profundamente defendieron la democracia, se sirvieran de este instrumento. También que la propia sociedad se mostrase partidaria de un cambio a través de cualquier medio. Hubo quienes buscaban simplemente el desplazamiento del Presidente, ya que éste no pudo lograrse a través del mecanismo democrático de la moción de censura; hubo quienes realmente pretendían acabar con la incipiente democracia.
Resulta paradójico que la construcción democrática, a pesar de su importancia, se encontrase tan debilitada. Tiene su consecuencia lógica en diferentes aspectos, por una parte, se trataba de un país maltratado históricamente por numerosos intentos de reconducción del país que habían fracasado, y a pesar del esfuerzo y acuerdo unánime de los partidos, la gente en ese momento no comprendía el valor de otorgarle al país el carácter de democrático, puesto que había una crisis económica y una revolución social motivada por ese cambio político, que afectaba a las familias en su día a día. Así, a pesar de que al contemplar las imágenes del Golpe se puede sentir repudio, frustración u oposición, lo cierto es que en palabras de Cercas, el pueblo no se manifestó en contra del Golpe e incluso hubo quienes consideraron que era necesario un nuevo cambio de rumbo por el sentir de que la incipiente democracia estaba fracasando.
¿Fue la propia sociedad también la que lo impulsó? Lo cierto, es que por acción o por omisión, muchos contribuyeron al golpe. O porque, creyendo derribar legítimamente a Suárez, crearon un clima favorable al golpismo.
¿Creía entonces la población que el Golpe podía solucionar la situación de crisis que estaban viviendo? ¿El fin perseguido por los golpistas era acabar son Suárez, mejorar la situación del país o realmente romper la democracia? Como comento, parece claro que un Presidente de Gobierno endeble, una situación de descontento y temor generalizado por una crisis a nivel general y una democracia aún no enraizada podrían constituir la excusa perfecta para la utilización del golpe como medio de alcanzar el poder y acabar con una democracia que perjudicaba en último término (o eso creían los partidarios del Golpe) a la monarquía.
Es por ello que en ciertas ocasiones se ha querido ver a la figura del Rey como organizador del golpe. Cercas niega esta posibilidad pero sí que indica que su papel para pararlo era fundamental por ser Jefe de las Fuerzas Armadas y lo cierto es que, si realmente consideraban los golpistas que el golpe era una maniobra para el reforzamiento monárquico, evidentemente el Rey era el más favorecido. Aún así, con el freno a la intentona golpista la reputación real se vio positivamente incrementada y sigue siendo hoy estandarte de la democracia.
Como conclusión, se observa como las situaciones de crisis profundas institucionales en el país constituyen el caldo de cultivo más apropiado no sólo para el surgimiento de partidos políticos de extrema derecha y de un apoyo que se le es brindado por la sociedad en mayor medida, sino también para la utilización de movimientos que atentan precisamente contra aquello que supuestamente buscamos defender porque ha perdido su esencia. Es por ello que “Anatomía de un instante” supone el ejemplo perfecto de cómo no se ha de efectuar un cambio, si no únicamente a través de nuestros derechos fundamentales (una clara muestra es la proliferación de manifestaciones o movimientos que paran los desahucios) y de las formas previstas en nuestra Constitución para cambiar al que dirige el rumbo del país.

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